“Juegan al tenis: tres sets por partido para intentar matarnos”

Preámbulo: El siguiente texto es la traducción del testimonio de uno de los miembros del equipo de observadores e inspectores de la OSCE que visitaron la zona en la que fue derribado el MH17 en agosto de este año. Ante la posibilidad de que la prensa tradicional ignorara o censurara su testimonio, ha sido el propio autor el que ha hecho llegar este texto al equipo de Slaviangrad.org. Por motivos evidentes que se aclaran en el último párrafo del relato, el autor escribe bajo pseudónimo.

Artículo original de Col. Tulip en inglés en Slaviangrad.org / Traducción de Nahia Sanzo

Fotografías: AFP/Getty Images/Bulent Kilic

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El 8 de agosto recibimos información de que un agricultor había encontrado materiales que creía provenían del vuelo MH17 de Malaysian Airlines en el área más al sur de la zona del siniestro. Según el informe, el agricultor creía que podía haber también restos humanos en dichos campos, por lo que solicitaba instrucciones sobre cómo proceder. El domingo 10 de agosto tratamos de llegar hasta el agricultor. Para ello teníamos que cruzar desde territorio controlado por el ejército ucraniano hasta llegar territorio controlado por los rebeldes pasando por tierra de nadie entre la línea del frente. En la práctica, es el espacio entre los últimos puestos de control en las carreteras principales.

En el último control de carretera ucraniano, controlado por un batallón voluntario que portaba insignias del Batallón Azov, dentro de los 20 kilómetros del perímetro de la zona del siniestro, se nos impidió el paso alegando que había operaciones militares en esa zona. A nuestras preguntas sobre las operaciones, las respuestas no pasaron de fue “no es de su incumbencia” o “dad las gracias que os dejamos marchar”. Decidimos tomar un desvío para probar suerte por otro puesto de control. En dicho control, en manos del ejército regular, nos permitieron el paso solo con enseñar nuestros papeles. Preguntamos si había operaciones militares en el área frente a nosotros y se nos contestó “no, que nosotros sepamos. Solo tenemos orden de defendernos y mantener posiciones”.

Sabiendo que los puestos de control son un objetivo común para ambos bandos, decidimos movernos con rapidez para ver hasta dónde podíamos llegar. Nuestro contacto nos advirtió que debíamos esperar otro puesto de control y sus sospechas se confirmaron a pocos kilómetros. Era un control de carretera improvisado a base de coches calcinados y árboles caídos y controlado por tropas  irregulares. Parecían exaltados y nos advirtieron: “¡volved atrás, volved atrás, estamos luchando!”. Un soldado que portaba insignias del Batallón Azov e identificación roja y negra del Sector Derecho, que parecía el comandante del grupo, se acercó al coche y nos dijo: “Ya os han avisado de que hay una operación militar y que no estáis autorizados para continuar”. Nos dejaron claro que, aunque las unidades irregulares o de voluntarios se comunicaban entre ellas, no tenían comunicación con el ejército regular que controlaba el puesto de control que acabábamos de pasar.

Apartamos al hombre y le recordamos que su Gobierno se había comprometido a asegurar el acceso a la zona del siniestro y a una tregua en una zona de 20 kilómetros a la redonda. Su respuesta nos sorprendió: “No sigo órdenes de Kiev”. Después el tono de su voz se volvió amenazante. Decidimos volver al control del ejército y volver a preguntar ahí. El comandante  del puesto de control del ejército nos explicó que no sabía dónde tenían sus puestos los “amateurs”, así se refirió a los irregulares, ni qué hacían. Sus palabras exactas fueron: “No sé quién les da órdenes. No tenemos comunicación con ellos. Tengo órdenes de  mantener esta posición y actuar solo para defendernos, así que eso es lo que hacemos”. Volvimos a preguntar si sabía de alguna operación militar en la zona que tratábamos de visitar y su respuesta fue directa: “¿Es que vuestro traductora no ha entendido algo lo que he dicho? Tenemos órdenes de mantener la posición”. Parecía realmente molesto. A pesar de no tener ninguna forma de comprobar cuáles eran realmente sus órdenes, creo que decía la verdad.

Decidimos abandonar la zona y probar fortuna por las carreteras secundarias, ya que nuestro contacto estaba seguro de poder encontrar una vía para evitar los controles de carretera y llegar hasta el agricultor que nos estaba esperando. Por carreteras secundarias y pistas de tierra pudimos evitar los puestos de control de ambos bandos, incluyendo los controlados por las fuerzas irregulares ucranianas.

Encontramos al agricultor cerca del pueblo. Mientras nos presentábamos pudimos oír el fuego de artillería y explosiones en la distancia, lo que era algo común en la zona a pesar del supuesto compromiso de mantener un alto el fuego en la zona del siniestro. Gennady, el agricultor, nos explicó lo que había encontrado y que quería asegurarse de que no contaminaba nada, pero que tenía que empezar a prepararse para plantar su cosecha. Observé dos velas, algunas flores y una cruz en el camino por el que nos acercábamos a sus campos. Gennady se agachó y cogió algo de tierra, así que nos sentamos un momento. Nuestra traductora susurró “está rezando”. Cuando se levantó, dijo algo que emocionó tanto a nuestra traductora que contestó a Gennady, “díselo”, en inglés antes de seguir en ruso.

Gennady había dicho: “le he dado gracias a Dios porque ahora que estáis aquí no nos atacarán”. Lo que siguió fue una descripción, sorprendente para mí, sobre bombardeos de artillería regulares contra los pueblos y asentamientos de la zona. Gennady dijo que los habitantes de los pueblos dicen “están jugando al tenis, tres sets por cada partido para intentar matarnos”. Ya habíamos oído el término “tenis” para referirse a esas acciones, pero hasta entonces pensábamos que se referían a ver las bombas pasar como las pelotas de tenis en un partido. Evidentemente estábamos equivocados y nos sorprendió la descripción. Gennady apuntó los lugares que sabía que habían sido golpeados: granjas, asentamientos y dos pueblos cercanos. No había ningún emplazamiento militar, no había ningún objetivo militar.

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Gennady explicó también que ya había perdido parte de su cosecha por las explosiones en sus campos. “Esta cosecha es todo lo que tengo, mi única vía de ingresos. Espero poder vender lo que quede porque esto es todo lo que tiene mi familia para vivir hasta la próxima cosecha el verano que viene”.

De repente oímos el sonido característico del fuego de artillería aproximándose. En el poco tiempo que llevábamos trabajando en la zona del supuesto alto el fuego, nuestra traductora ya se había acostumbrado a esos sonidos y se había dado cuenta de que venía en nuestra dirección. Nos resguardamos y al momento un cohete explotó al otro lado del camino. Sobre el eco de la detonación pudimos oír muchos objetos volando por el aire y sentimos que golpeaban contra nuestro equipamiento de protección. Unos segundos más tarde explotó otro cohete al lado del camino, más cerca del pueblo. Un tercer cohete explotó poco después al otro lado de la carretera. Asumimos que fue o muy cerca de la aldea o incluso en la propia aldea. El bombardeo se detuvo después de esto.

De incógnito inspeccionamos la zona del impacto más cercana a nosotros. Lo que encontramos fueron los restos de munición de racimo. No hay duda de que el propósito del cohete era causar el máximo daño a cualquier ser humano en la zona el impacto.

Corriendo hacia el coche con Gennady, tenía en la cabeza esas palabras: “juegan al tenis, porque juegan tres sets por partido para intentar matarnos”. Una vez en el coche, nuestra prioridad era salir de allí. Nadie dijo una palabra. Después de un rato, Gennady nos pidió que le lleváramos a casa de su madre para comprobar si estaba bien. Luego dijo “estás sangrando”. Todos nos revisamos. Solo teníamos heridas menores gracias a nuestro equipo de protección. Pero nos había golpeado la metralla y los clavos y parte de ello seguía ahí. Seguimos pasando de mirar a nuestro equipo y a Gennady y nos dimos cuenta de que, de no ser por nosotros, toda esa metralla incrustada en nuestros chalecos le habría golpeado y le habría matado.

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La respuesta de Gennady se me ha quedado grabada para siempre: “Dios ha escuchado mis plegarias y os ha enviado para protegerme. Por favor, vamos a rezar para agradecer que estamos vivos”. No soy una persona religiosa, pero sus palabras me conmovieron. Por primera vez en muchos años, sentí la necesidad de rezar. Paramos el coche, salimos y rezamos juntos. Cuando llegamos a la casa de la madre de Gennady, ella nos invitó a tomar el té. Lo necesitábamos. Para mí era importante conocer a este hombre, un agricultor que, por suerte o por intervención divina, no había sido asesinado ese día.

Gennady, de unos sesenta años, lleva trabajando en esos campos desde que dejó los estudios y solo lo interrumpió para cumplir con su obligación del servir en el Ejército Soviético. Su padre también trabajó esos campos toda su vida, igual que su abuelo y su bisabuelo. Tiene dos hijos: el mayor está en la milicia y el menor, en Rusia. Espera que puedan volver pronto porque es demasiado mayor para trabajar la tierra él solo. “Estos campos tienen buena tierra porque mi padre, mi abuelo y mi bisabuelo la cuidaron y me enseñaron cómo cuidarla, igual que yo lo he hecho con mis hijos. Esta tierra es buena para nosotros, sacamos buena cosecha. Las cosechas de estos campos han alimentado a nuestra familia durante generaciones. Somos parte de esta tierra. Pertenecemos a este lugar”.

“Nunca olvidaré el día en que me dijeron que ahora era ciudadano ucraniano y que vivía en un país llamado Ucrania, y que los campos que toda mi familia había trabajado siempre eran ahora campos ucranianos. Nunca había oído algo igual. Éramos rusos, siempre habíamos sido rusos. ¿Por qué teníamos que ser ucranianos? Esta primavera, el alcalde del pueblo nos dijo que íbamos a volver a ser parte de Rusia, que se ocuparían de todo. Y eso me hizo feliz porque Rusia es mi patria, es mi hogar, es donde pertenezco. Pero nadie nos dijo que habría otra guerra. Mi familia ha sufrido en las guerras como todas las familias de por aquí. Defendemos a Rusia pero no hemos hecho nada contra Ucrania. ¿Por qué intentan matarnos? ¿Nos protegerá Rusia?”

Cuando nos íbamos, ofrecimos a Gennady llevarle hasta su granja. Dijo que se quedaría con su madre y volvería andando más tarde, como hacía a diario. Cada día, cuando termina el trabajo, Gennady camina hasta el siguiente pueblo, donde cena con su madre, que cuida de su hermana enferma. Después de cenar, vuelve a casa andando. Normalmente le costaría veinte minutos atravesando sus campos, pero desde el derribo del MH17, Gennady toma la carretera porque no quería molestar a las víctimas. Ahora el camino es de cuarenta minutos. Es un agricultor, se ve en su cara que lleva toda la vida trabajando en el campo, bajo todo tipo de climas, un hombre trabajador y honrado.

Ese día, intentaron asesinar a Gennady y a sus vecinos con el fuego de artillería sobre un área poblada en la que no hay emplazamientos militares u objetivos militares y en la que el Gobierno había declarado alto el fuego. La dirección de los cohetes mostraba que habían sido disparados desde las posiciones entre los dos puestos controlados por unidades irregulares ucranianas con insignias del Batallón Azov y el Sector Derecho, las mimas unidades que nos habían negado el paso a la zona alegando “operaciones militares”.

En las semanas posteriores a estos hechos, algunos de los presentes han recibido amenazas explícitas que las autoridades están tomándose muy en serio.

“Col. Tulip”

slavyangrad

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